Ideas y creencias de los nombres

 Hay gente que pronuncia mi nombre de forma incorrecta, somos muchos los que sufrimos de esta tortura, especialmente los que tienen nombres extranjeros. Hasta que un día Marco Aurelio Denegri desmoronó mi "idea" de odiar la mala pronunciación de los nombres. Y por primera vez me pregunté: ¿Y si soy yo quién pronuncia mal mi propio nombre?, ¿será eso posible? Se me cayó la matrix

Todo empezó con su libro Poliantea. En el capítulo "Ideas y creencias" Denegri define a la creencia como: "Nuestra vida está fundada sobre creencias; las creencias son el subsuelo de nuestra vida; las creencias cimientan nuestra existencia; contamos con ellas, estamos en ellas, nos sostienen." Lo que traería como consecuencia: “Los que están tranquilamente instalados en una creencia, desconocen la necesidad de contender y el afán de cuestionar. Carecen de ideas y lo único que tienen es una creencia (o más de una) que los tiene o que los sostiene.”; en palabras más simples: la creencia es un estancamiento para la curiosidad, es dar las cosas por hecho solo porque las oyes tantas veces que no las cuestionas. Luego prosigue definiendo a la idea como una rebeldía, un cuestionamiento constante. Lo explica mejor con una cita de Émile Michel Cioran: “Pensar es perseguir la inseguridad, atormentarse por futilidades grandiosas, recluirse en abstracciones con una avidez de mártir…”.

Sin embargo, el gran problema es ¿cómo se diferencia una idea y una creencia? La clave para desenmascarar una creencia está en defenderla, ¿por qué?, pues porque al defenderla habría que ideificarla, o sea crear hipótesis que prueben su validez y así sabríamos de qué pata cojea. En otra parte del libro Denegri ejemplifica de una forma divertida una creencia: "¿Cómo sabes que tus padres son biológicamente tus padres verdaderos?". "Pues porque lo sé" -pensé-. "Ya. Pero ¿cómo podrías defender esa certeza?". Me quedé en blanco. Había tenido la creencia toda mi vida de que mis padres son mis verdaderos padres (si lo son), pero estaba shockeada por esa comodidad mental de dar por sentado que lo son solo porque así me lo dijeron.

En el acto me puse a pensar en creencias que vivían cómodamente en mi interior. No encontré ninguna. Están tan interiorizadas que son difíciles de detectar; solo la experiencia e interacción con el mundo real te las va revelando poco a poco: comprando en el mercado de siempre, una venezolana que me atendía me pide mi nombre para inscribirme a una rifa. "¿Qué?, ¿cómo se pronuncia?, ¿lo estoy escribiendo bien?". Me cansé y di mi segundo nombre (que casi nunca uso y odio un poco). Al irme me pregunté si entre esas pronunciaciones incorrectas estaba la correcta de a de veritas. Toda la vida me habían dicho como era la "correcta pronunciación" de mi nombre y yo jamás chisté… ¿y si mis padres se equivocaron y no lo sabían? Mi nombre es de origen hebreo. Por lo tanto, dudo que cada padre haga una investigación etimológica y fonética de los nombres (y con más razón en estos tiempos donde los padres inventan pronunciaciones, ortografías y mezclan nombres).

"Cuando fallan (las creencias), cuando entran en conflicto, cuando nos faltan, porque no estamos en ninguna respecto a alguna realidad, entonces nos percatamos de ellas, reparamos en ellas, las formulamos y empiezan a funcionar como ideas. Es decir, nos ponemos a pensar para tener alguna idea que supla la creencia y nos permita de nuevo saber a qué atenernos."

Ahora cuando alguien se presenta con un nombre impronunciable me pregunto: "¿Se habrá cuestionado si esa es de verdad la pronunciación correcta de su nombre o también lo dará por hecho? ¿Nunca se le ocurrió a sus padres ni a sus abuelos ni a esta persona?". Tal vez los que corregimos a otros somos en realidad los equivocados, y de ser así… ¿qué me da el derecho de dar por sentado mi nombre y corregir a otros?, ¿solo por qué así me lo enseñaron?

 Fue un momento feliz detectar una creencia y aniquilarla. Sé que el asunto se puede zanjar escribiendo mi nombre en el traductor de Google y por fin tener la paz de escuchar la respuesta correcta. Pero he decidido no hacerlo por ahora. Me gusta pensar que ahora tengo miles de nombres que me dan los extraños, a veces me gustan y otras no tanto, ya no me enojo y vivo más satisfecha.


Timothée Chalamet cediendo al mundo de las ideas y eliminando una creencia




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