Literatura ROJA

 

En un mundo dominado por el capital, la llamada literatura roja ocupa un espacio cada vez más reducido. Durante décadas ha sido estigmatizada, convertida en sinónimo de propaganda o de radicalismo, cuando en realidad encierra un caudal de ideas que pueden leerse con otro ánimo: no como doctrina, sino como provocación intelectual.

Lo curioso es que, leída sin miedo ni solemnidad, resulta todo lo contrario: un estimulante. No porque convenza a nadie de tomar la plaza armada, sino porque desacomoda, molesta, revuelve la rutina mental. Son páginas que funcionan más como café cargado que como manifiesto: despiertan el impulso de hacer algo, de cuestionar, de sacudirse el conformismo.

Por eso merece la pena revisitar algunos de estos libros que, lejos de ser reliquias ideológicas, pueden leerse como pequeñas dosis de adrenalina intelectual. Algo así como un Red Bull literario.

El derecho a la pereza. El yerno de Karl Marx, Paul Lafergue, escribió El derecho a la pereza. Un libro que me dio el empujón mental para apreciar mis momentos de relajo, y no odiarme por “no hacer nada” o por “no ser productiva”. ¿Cómo rayos cree la gente que Newton descubrió la gravedad? ¿Acaso no fue acostado bajo un árbol haciendo nada? ¿O qué me dicen de la leyenda de San Martín y la bandera peruana? ¿Acaso no estaba durmiendo plácidamente bajo la sombra de una palmera, cuando visualizo en sueños los colores de la bandera en las alas de las parihuelas? No cabe duda que, mientras más relajado y en ocio estás, más cosas se te ocurren. De estos momentos vienen los llamados “pensamientos de ducha” (un trend de TikTok), conclusiones ocurrentes e hilarantes que tenemos mientras la mente viaja y el agua recorre nuestros cuerpos.

Metrópolis Cuanta indignación me provoca ver como catalogan a esta novela como “libro comunista”. De eso no tiene nada, y su autora lo aclara: “Este libro no es de hoy ni del futuro. No habla de un lugar. No sirve a ninguna causa, partido o clase. Tiene una moraleja que se desprende de una verdad fundamental: «Entre el cerebro y el músculo debe mediar el corazón»”.

Al inicio del libro, uno cree odiar el típico “sistema opresor” de derecha, en la segunda parte odias la anarquía y la revolución violenta. Al final, comprendes que ningún movimiento es realmente el correcto, todo está en la equidad, benevolencia y sabiduría de un gobernante. Para cuando lo terminé, me levanté de la cama y me di cuenta de que nadie hará nada por mi vida, solo yo puedo.

Potlatch Es una revista creada por el grupo de la Internacional Letrista, obviamente una agrupación de izquierda. Sus publicaciones son bastante ingeniosas y graciosas. Inventaron el término “psicogeografía”, o sea, el arte de caminar y admirar los escenarios callejeros, meditarlos y llegar a una conclusión filosófica interna. En otras palabras, redescubrieron el flaneur.

Entre sus reniegos sobre lo horrible que son los edificios y su odio a Chaplin, caí en la cuenta que, erradas o no, yo también tenía cosas que decir; y que cualquiera puede escribir sobre cualquier cosa, siempre y cuando tenga la convicción, la información y la habilidad de juguetear con las palabras, y así… destelló una pequeña chispa para tener el valor de abrir este blog.

Tempestad en los Andes (Luis E. Valcárcel) Más que un libro “de izquierda”, es un libro patriótico. Son las palabras crudas y toscas lo que le da la apariencia de ser un libro “violento”. Sin embargo, es un grito de hartazgo por toda la discriminación indígena que nos precede desde hace siglos y aun impera en las calles.

El anciano les escuchaba la eterna queja. Habían sido despojados de sus tierras y animales. Estaban en la calle y no había para ellos justicia.

-"¡No la habrá, que no la haya nunca para vosotros sufridas bestias, viles alimañas que besan la mano que los castiga! Mientras no seáis hombres, mientras no hayáis recuperado la dignidad de seres humanos, sufrid en silencio. Merecido lo tenéis por cobardes".

Carta a una chica progre (Francisco Umbral) Para muchos es un escritor “zurdo”, para otros un incomprendido que no sabía dónde encasillarse. Izquierdista o no, Carta a una chica progre me hizo mirar a mi yo adolescente y burlarme de mí misma. Cuanta falta me hacía leer las palabras exactas que describieran mis sentimientos en esa edad en la que “una sufre por todo”, ¡PERO NO!, una sufre porque la venda de la infancia se va cayendo y ves el mundo adulto cruel y feroz viniendo a por ti.

La lírica y pálida Virginia Woolf, suicida, solitaria y grafómana… había comprendido que el problema de la mujer en la sociedad masculina es, antes que otra cosa, no tener una habitación propia. Tú te refugiaste en el espejo durante un tiempo, como otras, pero la joven burguesa no ha tenido nunca, en nuestra sociedad, una habitación suya, personal, particular, una habitación infranqueable para papá y mamá. No ha tenido, en fin, una intimidad creadora y meditadora, porque se han cuidado  de que no la tenga.

La muerte y el amor se hacen en la cama. En una cama. Basta con ponerse horizontal para que todos los verticalismos de las vidas se vengan abajo. Basta con tenderse boca arriba, ¿has probado?, para que nada importe nada. Por lo que las señoritas de orden se resisten tanto a tenderse en la hierba o en una cama es porque saben instintivamente, quizá, que las sustenta una moral de verticalidades, y en cuanto se ponen horizontales cambian los conceptos, se desordena el mundo, se relaja, y ya todo es posible porque todo da igual.

En teorías y en hojas de papel, la izquierda es cojonuda, brava, testaruda e implacable. Supongo que ahí radica su hipnotismo para los jóvenes, que buscan invertir esa fuerza indomable propia de la juventud en dejar una huella en el mundo. Las más hilarantes teorías se me han ocurrido acostada en el regazo de estos libros. Odiados por unos, amados por otros.

 

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