Reflexiones de vacaciones
Entonces llegaron mis vacaciones y pensé que, con ellas, vendrían una oleada permanente de organización y productividad. No fue así.
Decidí hundirme en el caos, en la suciedad, en las montañas de ropa sin lavar, en mi pelo grasoso, en el vuelo de las moscas sobrevolando platos sucios. No porque así lo quise, sino porque mi cerebro se rindió. Cayó exhausto. Y me odié por eso. “¡¡¡Levántate!!! ¿¡Qué no ves que tenemos dos semanas de ‘libertad’ para organizarnos!? Tenemos que hacer cosas: ejercicios, el puto journaling, el maldito skincare, comer fruta. Eres estúpida, por eso no logras nada en la vida. Eres miserable.”
Mi conciencia no escuchaba; estaba sorda a todos mis gritos de odio. Al fin, después de 21 años estudiando, aprobando exámenes, ayudando en la casa, trabajando… estaba sola. Sola. Sola.
El primer momento de calma en mi vida: vivir sola. Una delicia. El silencio: un tesoro. Y, aun así, algo no encajaba.
¿Qué será? Creatividad estancada.
¿Qué será? Traumas de la infancia.
¿Qué será? Mi puta baja autoestima.
¿Qué será? Mi autosabotaje.
¿Qué será? Mi maldito miedo a terminar las cosas.
¿Qué será? Este miedo al abandono.
¿Qué será? Este perfeccionismo que no me deja comenzar nada.
¿Qué será? La ansiedad de que siempre olvido algo importante.
¿Qué será? Condicionaron el amor que recibo en base a mis logros.
¿Qué será? El hablarme siempre con odio.
¿Qué será? Mi timidez, mi introversión, mi agorafobia, mi ansiedad social, mi escasa habilidad de mirar a la gente a los ojos.
Sí, solo me hace falta dormir un poco.
Dos horas.
Tres horas.
Cuatro horas.
No dormí.
Mi celular lucha por estar vivo. Absorbe la mayor energía que puede enchufado a la pared para seguir mostrándome TikToks. A la tonta que hoy dijo que haría mil cosas, pero que apenas puede ir al baño. Que deja la luz apagada para no ver su sucio reflejo.
Mañana será.
Mañana ser.
Mañana se.
Mañana.
Mañana…
…
…
—¿Crees que esto es la vida? Sufrir, sufrir y sufrir… ¿Crees que exista alguien verdaderamente feliz? Me refiero a que, en verdad, sea feliz con lo que tiene y que no le haga falta nada. No me digas monjes budistas —te quedaste callado unos segundos, pensando en tu respuesta.
—Es que tenerlo todo no significa ser feliz. Hay gente pituca que lo tiene todo y es miserable. He conocido a algunos que se meten a la política y causas sociales porque su vida ya no tiene un sentido, no tienen un objetivo.
—Entonces la vida son puros obstáculos… No importa lo que tengamos, somos adictos a los problemas, al drama, a querer salir de ellos. Y si de eso se trata esto, prefiero rendirme ahora. No quiero simplemente sobrevivir. Prefiero rendirme, ¿sabes? No le veo el punto —no me avergoncé en cuanto te lo dije. Si fueras alguien más, estaría muerta de vergüenza. Pero eres el único con quien puedo hablar de la peste que se me hace vivir—. ¿Por qué todos no nos rendimos en masa? Así se acabaría todo. ¿Por qué seguimos? ¿Por qué? ¿Por qué?
—No sé… debe ser algo, ¿no? Pero no creo que sea tan fácil de explicar. Hay un impulso por seguir que no es físico ni tangible; se siente como una cosa, una fuerza detrás de tu cerebro que resuena y hace eco en tu día a día. Algo está dentro de nosotros, en nuestras conciencias, algo más profundo —lo dijiste con tu gesto confundido pero, al mismo tiempo, orgulloso y solemne de haber dicho algo tan bonito e inteligente. Y lo más maravilloso es que, cuando dices algo así, no suenas pedante, sino honesto. “Te quiero”, pensé bajito. Muy bajito.
—¿Amor? No, no creo. No parece suficiente —dije, intentando encontrar la palabra perfecta. Pero era como si la palabra se sintiera muy pequeña para la magnitud universal de este “no sé qué” abstracto.
—¡Esperanza! Es eso. Mantenemos la esperanza en que un día todo será mejor.
—¿Esperanza en qué? —entendía tu idea, pero aún no del todo.
—El motivo lo elige cada uno. Esperanza en ser un mejor artista, en que todos te conozcan, en tener mucho dinero. Persigues una promesa que crees que te dio el universo o la vida, y vives en base a ello.
—Entonces todos tenemos una motivación. Eso lo entiendo. Pero ¿sabes qué me molesta? Que esto significa que no hay nada genuino. Yo no me siento genuina nunca, porque todo lo hacemos, lo hago, pensando en los demás. En esa falsa ‘promesa del universo’. No creo que la vida nos deba nada realmente. Y sigo pensando que, en realidad, hacemos todo, cada cosa, por tener validación. Esa “esperanza” es solo buscar reconocimiento —¿por qué siempre soy tan negativa?, pensaba mientras te lo decía—. Es que las cosas son así. Siempre han sido así —intenté consolarme.
—Sí, es verdad. Todos queremos reconocimiento. ¿Qué tiene de malo?
—Es que… no sé. Todo se convierte en una máscara, en una pelea de egos. Y todo parece dejar de tener brillo. ¿Sabías que David Bowie dijo que ya no sabía si seguía haciendo música porque le gustaba o por miedo a que lo olviden? Yo siento que solo la gente loca, loca de verdad, como Van Gogh o el pintor ese… ¿sabes?, el esquizofrénico de los gatos, hacen arte genuino de verdad, sin pensar en los demás.
—¿Dices que hay que sufrir para ser buen artista? No sé… hay bastantes buenos músicos, pintores o actores que han nacido en cuna de oro y son talentosos —me quedé callada porque sabía que tenías razón y casi nunca me gusta dártela. Me odié un poquito por eso, bajito, muy bajito.
—¿Sabes qué creo? Que la ‘esperanza’ que dices es realmente ambición. Siempre tiene que ver con ser admirado. ¿Por qué crees que queremos ser reconocidos? —no quise decir la palabra “fama” porque me sonaba sucia. Te quedaste pensando unos segundos.
—Mira, la fama casi siempre se relaciona con el dinero, pero estoy seguro de que muchos prefieren fama sobre dinero. Es una sensación placentera saber que otros te miran. No se compara con el dinero. Y sí, el dinero puede ser una forma directa de obtenerla, pero no se trata, en verdad, de cuántos billetes tengas. Es lo que eso significa: que los demás sepan que puedes tenerlo todo, que eres el único que puede pintar con el meñique o tocar la guitarra con la lengua. A mí no me importa el dinero; sería feliz con tener lo suficiente para que nada me falte. Pero sí me gustaría que, al menos, Paul McCartney supiera quién soy… o que al menos alguno de los hermanos Gallagher sepa mi nombre. Yo, con eso, ya lo tendría todo.
—Entonces lo que realmente nos mueve no es la esperanza, el amor o esas cosas de coach motivacional que nos meten a la cabeza, sino pura ambición de fama, ¿eh?
¿Y por qué será? Lo entiendo un poco, ¿sabes? Porque incluso los animales tienen ese deseo de destacar. La mayoría de manadas tiene jerarquías y el líder es quien demuestra su poder. Los lobos, por ejemplo, con todo eso del alfa, beta y omega. Pero ellos saben cuándo detenerse. Nosotros no. Siempre queremos más y más. ¿Recuerdas la historia del señor Felipe, que ahora tiene cuatro hamburgueserías por toda la ciudad? Estoy segura de que, cuando empezó, le dio todo su empeño a su negocio y pensaba que, si al menos tuviera éxito, sería al fin feliz. Pero ahora ya está aburrido de eso; dice que quiere buscar otros negocios para invertir. ¡Pero ya es exitoso!, ya tiene cuatro tiendas, bastante dinero, sus hijos estudian en el extranjero. Y todo con sus hamburguesas. No sé por qué quiere más.
—Pero no le hace daño a nadie —no sé si lo dijiste algo cansado de mi conversación.
—Puede que él no, pero sí otros empresarios, gobernantes, dictadores. La historia está llena de ambiciosos malvados. ¿Sabes qué creo? Que todo es culpa de la evolución —me acordé del libro de M. A. Denegri y, al fin, puse la última pieza a este rompecabezas que estuve armando durante todas mis vacaciones, cuando me atormentaba la pregunta “¿que debería hacer con mi vida?”—. Sí, es culpa de la evolución. Míranos: no tenemos nada excepcional; ni garras, ni grandes colmillos, ni supervelocidad, ni mucha fuerza comparada con un oso, un tigre o un cocodrilo. Pero la naturaleza es un genio malvado y permitió que cada especie desarrollara habilidades en base a lo que su físico podía permitirles. Pero como nosotros somos unos enclenques, nuestra evolución fue desarrollar astucia. Una astucia malvada: “¿Cómo puedo salir de este problema? ¿Cómo puedo engañar? ¿Cómo puedo matar a mi enemigo?”. Creo que todo se resume a que terminamos siendo la plaga asesina y narcisista del planeta —seguí sin sentir vergüenza de decirte todo eso. Eres el único al que le puedo contar sobre la peste que se me hace vivir y ya estás acostumbrado a eso. Bromeas con que soy misántropa y seguimos caminando por la calle. Se sintió bien desahogarme. Te digo, riendo, que si tuviera un botón para desaparecer a la humanidad lo haría. Nos reímos. E irónicamente, me siento optimista; siempre me siento optimista cuando estoy contigo. No sé si fue nuestra conversación o porque acabamos de ver Superman y, al fin, entendí el rollo de “el bueno siempre gana” y que esas películas son un bonito pedacito de cielo para mantener la buena moral.
Y, a pocos días de que acaben mis vacaciones, me siento mejor, pero bajito, muy bajito. Siento que, al fin, hay piezas que van encajando.
Solo quiero olvidar que ya llega el lunes. Y tú eres muy bueno haciéndome olvidar. Así que te entrego todo: mis preocupaciones, mis desaires, mis risas.
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