🚬¿Por qué fumamos?
Una vez le expliqué a un fumador cómo creamos el concepto de dinero usando una historia de la Segunda Guerra Mundial. Resulta que durante este período los soldados que eran capturados vivos por el bando contrario eran enviados a un campo de prisioneros de guerra, porque así lo ordenaba el decreto del Congreso de Ginebra:
“Los prisioneros de guerra deberán ser tratados en todas circunstancias humanamente... En particular, no podrá someterse a ningún prisionero de guerra a mutilaciones físicas o a experiencias médicas o científicas, de cualquier naturaleza, que no estén justificadas por el tratamiento médico del cautivo interesado y que no se apliquen en bien suyo”.
Por lo que las tropas enemigas que estaban arrestadas en tierras alemanas tenían ciertas comodidades y libertades (a diferencia de judíos y otros grupos minoritarios). Además, de tanto en tanto recibían paquetes de sus países de origen con alimentos como té, pan, café, papas, cigarrillos, entre otros. Y como en las prisiones había soldados de diferentes nacionalidades, esto dio origen a que surgiera el sistema económico más básico de todos: el trueque.
Por ejemplo, los americanos disfrutaban más el café que el té, por lo que entregaban su ración de té a los ingleses a cambio de su café, y así cada cultura obtenía más de su bebida o alimento favorito. Sin embargo, después de un tiempo la pequeña bolsa de valores que crearon se vio afectada por la incertidumbre: “¿vendrá este mes la ración que nos corresponde?”. Los rumores sobre lo que ocurría afuera afectaban el valor de cuántos sobres de té equivalían a las barras de chocolate, y así con todas las mercancías.
Hasta que crearon su propia moneda oficial: el cigarrillo. Y fue la elegida porque todos, absolutamente todos, fumaban. Y aquellos que no lo hacían igualmente se beneficiaban, ya que los fumadores solían despilfarrar sus víveres a cambio de su vicio. Todos ganaban con el nuevo sistema económico.
Aunque siempre me quedé con la duda: ¿por qué el cigarro?, ¿y por qué no el chocolate, si es delicioso e incluso puede subirte la glucosa para aguantar el frío?, ¿o por qué no las papas, si con ellas puedes hacer un caldo y alimentarte en las noches frías? ¿Por qué el cigarrillo? ¿Por qué? Si ni siquiera puede comerse, es solo humo.
Cuando le pregunté al fumador, su respuesta me dejó de piedra. De pronto mi historia dejó de tratarse sobre mercancías, economía y trueques, y me sentí muy insensible. Esos soldados sufrían y por eso fumaban. El acto de fumar mantiene las manos y la mente ocupadas, obteniendo la calma debido a la nicotina. El humo nublaba las imágenes de la guerra, hacía borrosos los rostros que extrañaban y desvanecía las noches de insomnio mientras esperaban que una guerra que ellos no empezaron al fin acabe.
Una parte de mí no puede evitar darle la razón a Marx cuando escribió sobre el valor de uso, y es que un objeto cambia de valor dependiendo de las circunstancias que vivamos. Por ejemplo, el agua vale más que un diamante si te mueres de sed en el desierto. Estos soldados no se morían literalmente, pero emocionalmente necesitaban un hilo de cordura, un vicio que les dé la ilusión de realidad. Y a veces la mente puede llegar a ser más poderosa que el hambre; por eso preferían un par de cigarrillos a una barra de chocolate.
Y como última explicación sobre por qué fumamos —y es mi favorita— está el sustancioso ensayo de Julio Ramón Ribeyro. En él explica que, según los griegos, el universo se creaba por cuatro elementos principales dadores de vida: aire, agua, tierra y fuego. Y así como la naturaleza los contiene y esta, a su vez, es la responsable de darnos la vida, pues tenemos como resultado la hermosa combinación de los cuatro elementos fluyendo por nuestras venas: el agua nos da la vida, la tierra nos alimenta, el aire circula por nuestros pulmones y el fuego…
El fuego es uno de los elementos más destructores y poderosos. No podemos zambullirnos en él como la madre naturaleza lo hubiese querido. Solo podemos admirar la belleza de sus llamas danzando con el azote del viento, bañarnos de la cálida luz que sentimos en la piel junto a ese calor abrazador que no quema, sino que abriga y enternece, escuchar sus crujidos y ronroneos cuando arde en la leña.
Pero sí podemos jugar con él cuando fumamos: dejar que el humo revolotee por nuestros pulmones y permitir que, al fin, la carne y la naturaleza se unan cumpliendo su designio celestial, equilibrando el orden de los cuatro elementos y dándole justicia con cada calada.
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