Hoy sentí lo que es ser Dios

 Hoy sentí lo que es ser Dios. La grandeza de tener en tus manos el control de cientos de  vidas. Sentir el poder de tener la última palabra sobre el último aliento de un minúsculo ser. Si esta pequeña vida sigue existiendo no cambiaría gran cosa, si se va no le importaría a nadie en el vasto universo. En cierto punto deja de tratarse de la existencia del otro ser y se trata de qué hacer con este gran poder. No asesinas al otro, asesinas una parte de ti con él, sientes como tu misericordia y humanidad se van… O tal vez solo tengo una gran plaga de hormigas y no sé qué hacer con ellas.


Todo comenzó cuando me mudé a mi nuevo, diminuto y cálido departamento. Organizar, ordenar y armar muebles se convirtió en mi rutina por dos semanas. Tras el desorden vi una pequeña vida asomarse. Una diminuta hormiga corría aterrada por todo el movimiento a su alrededor. Me causó gracia. La verdad es que nunca me han molestado las hormigas y siempre que puedo las dejo vivir. “Tengo una pequeña compañía pensé”, así pasaron las semanas y en mis desayunos solitarios veía a varias de ellas corretear por la mesa buscando alguna migaja que llevar a casa. Se las compartía y siempre que lavaba los platos me aseguraba que todas salgan de la pared para que nos les caiga agua y mueran. Sentí que me llevaba muy bien con ellas, no me molestaban y yo tampoco a ellas. Tal vez creé una relación unilateral con pequeños seres que me veían como una molestia en su rutina, “¡aquí llega la gigante a molestarnos!”, “¿como puede existir un ser tan grande en el mundo y no hacer nada por nuestros problemas?”, “si es tan poderosa, ¿por qué no ordena el mundo?”. Tal vez yo los quería más de lo que ellos a mí. Tal vez creía que mi paciencia y misericordia por dejarlos vivir haría que me quieran y respeten. Pero nada de eso ocurrió.


Darles libre albedrío las hizo caprichosas, entrometidas e irrespetuosas. Se metían en mi plato al mínimo descuido. Invadían áreas que sabían que era mías, puesto que antes respetaban el interior del lavaplatos y solo caminaban por fuera, ahora lo asaltaban con total confianza al saber que las dejaba vivir, demoraban en salir lo que provocaba que me tardase veinte minutos en lavar un par de platos. Comenzaron a meterse en la jarra de agua como si fuese su piscina, por lo que tenía que comprar más agua. Caminaban sobre mi cepillo de dientes e incluso se subían sobre mí con total desfachatez, era incómodo sentir algo recorriéndote el cuello. La situación estaba yendo demasiado lejos. Me había encariñado con ellas y era débil para corregirlas. Debo ser paciente con ellas, me repetía, van a cambiar. Pero nunca lo hicieron, pensé que se arrepentirían de sus malos actos y volverían a mí como hijas prodigas.


Pensé en darles un pequeño escarmiento, una corrección que sirva como ejemplo para las demás. Con todo el dolor de mi corazón tuve que lavar los platos sin importar que estuvieran ahí. Sus cuerpos inertes se deslizaban con el agua hasta hundirse en la oscuridad de las tuberías. Muchas de ellas correteaban aterradas y confundidas por los bordes buscando refugio. Veía cómo se transmitían unas a otras el mensaje de peligro. Me entristecía tener que aplicar el escarmiento para que aprendan la lección, las quería demasiado pero su falta de empatía conmigo me dolía aún más. Les había dado todo, la libertad que cualquier grupo de hormigas habría querido de un humano y solo esperaba un poco de agradecimiento. Asesiné a muchas en el terrible diluvio. No las quise ver por mucho tiempo. Quería esconderme de ellas por la vergüenza de mi arrebato de ira y ellas tampoco se acercaron durante días. La gran tragedia endureció parte de mi corazón contra ellas. 



Se distanciaron y seguían haciendo lo que querían en mi ausencia. Regresaba del trabajo y encontraba la jarra de agua con muchas más hormigas que antes, el lavaplatos totalmente invadido por ellas, mi escritorio era su lugar de diversión y el teclado el laberinto que amaban explorar. Ya no podía más. Habían tomado la corrección como tortura y no aprendieron nada ello. Me preguntaba si había hecho mal. Me intentaba convencer que al ser yo la criatura con más grandeza, inteligencia y razonamiento del lugar no podía ser quien estuviera equivocada, pues mi superioridad hacía de todas mis decisiones la correcta. ¿En verdad es así?, ¿acaso la grandeza de un ser hace que por default sea superior en todos los sentidos?, ¿eso me convierte en alguien que no comete errores?, ¿estuvo bien mi repentino genocidio contra esos pequeños seres solo para probar mi punto?


Después de ello tuve unas dos semanas de depresión. Había estado pasando por muchas cosas y me encerré por varios días. Comía lo que encontraba en la cocina. Ni siquiera quería salir del departamento por comida. Durante esos días no las ví, me acordé de ellas cuando las extrañé. Tal vez comprendieron que estaba triste y respetaron mi espacio. Pensé que el escarmiento había funcionado y tuvimos unos breves días de paz, una corta era de reconciliación con su creadora. Sin embargo,  en cuanto me recuperé las cosas se pusieron igual que antes. Otra vez volvieron a caer en pecado.


Me había resignado a vivir así. Por mi mente jamás cruzó el volver a darles otro escarmiento con un nuevo diluvio en el lavaplatos. Así pasó una semana y una idea empezó a asomar mi conciencia, intentaba ignorarla al inicio con una rotunda negativa pero cada vez se iba formando aún más: comprar un insecticida para que el fin sea rápido, distante y frío. Pero, ¿cómo podía pensar en deshacerme de las criaturas que habían estado conmigo desde el inicio? Esos pequeños seres parecían entenderme después de todo, había hecho de mi hogar un pequeño terrario para ellas. La salida del insecticida parecía ser la mejor. Mi razonamiento intentaba convencerme que unas hormigas eran insignificantes, ¿quién notaría la ausencia de decenas de ellas?, peor aún, ¿a quién le importaría su desaparición? El universo seguiría su curso y yo también junto a él. La decisión estaba en mis manos y lo más importante es que mi grandeza me daba el beneficio de la impunidad. No habría castigo para mi sin importar la decisión que tomase. El único castigo sería el dolor de mi sentencia punzando mi conciencia. ¿Qué haría Dios?, me pregunté. Fue en ese momento de incertidumbre que sentí lo que es ser Dios. Somos sus hormigas.


Pasaban los días y la duda aumentaba. Amaneció. Y parecía ser un día cualquiera, desayuné junto a algunas de ellas, lavé los platos y ahí estaban otras correteando y explorando como siempre. Me senté a trabajar y sentí un escalofrío por el antebrazo. Era una de ellas sobre mí. La miré tan pequeña, ignorante de mi poder… y la aplasté. Todo ocurrió rápido y probablemente no sintió nada. Tal vez para ella solo se apagó la luz y dejó de existir. Me quedé en silencio un rato procesando lo que le hice. Hay una clara diferencia entre un accidente y un acto con determinación. Y yo estuve determinada a quitarle la vida a esa hormiga, lo hice deliberadamente y sabía que no importaría lo mal que me sintiera no habría castigo para mí. Podría hacerlo una y otra vez. El poder de la superioridad no importa que venga del dinero, tamaño o fuerza te permite decidir sobre la vida de otros y aprender a controlarlo es el peor castigo, la fortaleza se convierte en debilidad y el razonamiento en tortura.


En ese momento entendí la diferencia entre asesinar con armas y a sangre fría. Las armas te permiten alejarte de la crueldad, no aplastas ni desgarras con las manos. Te da el beneficio de asesinar a lo lejos sin mirar la crueldad a los ojos. Tal vez por eso inventamos el armamento y asesinamos con impunidad. Porque cuando lo haces con tus propias extremidades como un león, una hiena o un tiburón, se mantienen los fluidos de la víctima cerca y recuerdas que ese sacrificio es instintivo, es mesurado y es solo para saciar el hambre. No existe el ensañamiento porque sabes lo que conlleva sentir en las manos el último aliento de una vida. Por eso las armas brindan ese distanciamiento emocional que nos aleja del terror de la víctima y nos enfría la conciencia. Si las guerras se tuvieran que pelear a mano limpia no habría ninguna.


Ese mismo día me quedé dormida a media tarde. Un par de horas después me levanté y fui a la cocina. Me molesté al ver la jarra de agua otra vez llena de hormigas. Sin embargo, esta vez vi un gran camino de ellas a través de la mesa. Parecían haberse multiplicado, había cientos de ellas, seguí el recorrido por las paredes. Había tantas que me di cuenta que eran una plaga. Hasta ese momento no me había planteado donde se encontraba su guarida, seguí el camino hasta su origen y había decenas de ellas amontonándose en un costado de la puerta de madera de mi cuarto. Para ese momento estaba completamente nublada y las vi por lo que eran. Una sucia plaga. Nunca me habían querido. Solo vivían plácidamente a mis expensas como parásitos. ¿Acaso en algún momento sintieron agradecimiento hacia mi? Me enojé tanto por todo lo que había tolerado, tomé un trapo húmedo y las barrí por completo. Empecé por la mesa y seguí todo el recorrido hasta llegar a la puerta. Cientos de ellas comenzaron a correr aterradas. No sabían a dónde ir. El fin del mundo había comenzado. El gran meteorito las exterminaría y era yo quien movía lo hilos por detrás. La ira no me hizo sentir nada mientras reclamaba mi hogar salvajemente.


Pasaron los días y ya no he visto rastro de ellas. Una que otra sobreviviente suele pasar frente a mí, pero ya no se acercan. Desconfían. Me siento terrible y las extraño. Pero sé que tampoco  podía seguir con su existencia. Me pregunté si Dios también se siente igual respecto a nosotros. Los humanos somos una plaga. Y una plaga no es más que la sobrepoblación descontrolada por falta de un depredador natural en su cadena alimenticia. No es natural que haya vivido con tantas hormigas y no es natural que existan tantos de miles de millones de nosotros. No creo que el humano sea un milagro de la naturaleza. Somos realmente una abominación. Yo lo soy al asesinar a toda una población de seres vivos que solo querían sobrevivir.


“Si yo creyera que el hombre es la imagen definitiva de Dios, entonces no tendría mucha confianza en Dios”. Konrad Lorenz, zoólogo, etólogo y ornitólogo austríaco.


“... a nosotros no nos creó Dios, sino el Diablo, en un momento en que Dios estaba descuidado”. Marco Aurelio Denegri,  intelectual, polígrafo y conductor peruano.


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