El día que deje de sobrepensar, gracias a las matemáticas.
Atiborrada de pensamientos, mareada por la sobreestimulación y el vértigo de una mañana medianamente productiva, que en la noche de ayer juré que sería la mejor de mi vida, me encontraba echada en la cama analizando el gran logro de haber reducido el odio a mi misma considerablemente en las últimas dos semanas, me felicité por ello. Pero mi ansiedad aún no había disminuido tanto como quería. La culpa de no haber hecho lo que debía cuando pude no me dejaba avanzar y el miedo al futuro me paralizaba. ¿Seguirás aquí el resto de tu vida? ¿Con este mismo trabajo?, ¿así se ve mi futuro? Llegué a creer que esto no tenía remedio y créanme, ya había probado de todo. Dije todas las malditas afirmaciones, intenté pensar en positivo e hice los jodidos ejercicios que renuevan tu energía y no, nada mágico había ocurrido.
El origen de esta ansiedad ya no me preocupaba. Siempre tuve claro que la responsable de traumarme así fue mi mamá. Lo que me provocaba la ansiedad era el hecho de sentirme ansiosa sobre mi ansiedad, no sabía cómo salir de ahí. Algo que suelo hacer es despersonalizarme y ver el panorama general, usualmente es lo que me calma. Así que elegí, por mero azar, como el tema central de mis sobrepensamientos mi filosofía de vida. Así que me pregunté como si me estuviera entrevistando a mi misma, ¿cuál es tu filosofía de vida? Miraba el techo intentando hallar la respuesta más estética y poética a esa pregunta, las cortinas se movían bailando con el viento. Solo se me ocurrían cosas negativas. Me harté de mí.
Al mismo tiempo, él se encontraba en la habitación de al lado tocando la guitarra. Amo, enserio amo, echarme, escuchar y meditar tumbada en la cama cada vez que toca la guitarra. Me siento como en una película. Así que le grité desde mi habitación. ¡¿Cuál es tu filosofía de vida?! No lo pensó mucho y respondió con un grito, ¡Sé libre y enfócate!
¡Carajo, qué buena respuesta! ¿Por qué a mí no se me ocurren esas cosas tan geniales y poéticas? Seguimos hablando por un rato y citó a Lost: está bien paniquearse un rato, pero luego debes reaccionar. ¡Mierda, otra buena respuesta y con cita geek incluida! Lo que concluí de nuestra pequeña charla es que todo da miedo. Horroriza afrontar el pasado y ver que no fuiste la persona que querías. Asusta levantar la vista para ojear el futuro y no ver más que incertidumbre y aterra dar el siguiente paso y moverte. El truco es espabilarse y solo moverse, aprovechar la adrenalina y seguir moviéndose porque si dudas y te quedas quieto, te asustarás de lo mucho que avanzaste y ya no querrás dar otro paso y terminarás estancado otra vez.
Para ser honesta eso ya lo había escuchado antes. Esta vez lo asimile diferente, lo digerí mejor y ahora esa idea ya estaba en mi sistema. A veces tengo que detenerme un momento para pensar realmente en que el agua moja para entender lo maravilloso de una idea, por más obvia que sea. Asimilar verdades ignoradas es mi pasatiempo favorito.
Seguí dándole vueltas a este asunto y recordé un concepto matemático que fue la estocada final para dar este misterio por resuelto. En el medio de dos números enteros, digamos el 1 y el 2, hay un abismo. El abismo de los números reales o decimales. De hecho, ese infinito de números decimales es más grande que otros infinitos. ¡Y está comprobado matemáticamente! Así que para ir del 0 al 1 habría que pasar por el gran puente del 0,1; 0,01; 0,02; 0,09384819101938748392 Y así por toda la eternidad; es más, ir del 0,1 al 1,1 es todo un viaje cósmico. Y así me sentía yo. Dando vueltas en el 0,1; perdida en ese desierto de decimales, sobrepensando cuándo la vida se dignaría a pasarme al 1,1. Hasta que me di cuenta que toda la responsabilidad de pasar al 2 estaba en mí. Nadie podía venir a sacarme de este mar de decimales. Con lo fácil que es ir del 1 al 2, luego al 3, al 4 y así sucesivamente. A veces solo tienes que ignorar a los decimales, pasártelos por donde te quepan y saltar al siguiente número. No hay necesidad de seguir pensando en que te quedan 0,7482910284881019293838283 por recorrer. ¿Por qué torturarse pensando en la infinitud de los decimales? ¿De qué sirve asfixiarse enumerándolos? ¿A quién le importan los decimales? ¡¿Quieres saltar al 3?! ¡Pues salta al puto 3! Que de nada te sirve mirar abajo y quedarte mirando idiotizado el bendito pi. Ese 3.14162842193847272737292 es inútil. ¿Alguna vez usaste pi? ¡No! Es más, ni siquiera estás leyendo estos grandes números completos. Y me parece genial que te valga. Porque así es como deberías estar ignorando esos pensamientos zombies de “¿y si esto no es lo correcto?”, “un tiktok más y me levanto a terminar”, “no puedo” o “es que me siento triste, así que hoy me quedaré en la cama”.
Quiero hacer un pequeño disclaimer y disculparme con los matemáticos que estén leyendo esto. Seguro ellos si usan pi a diario. Pero lo importante de esto es la metáfora. No hay que perderse en preguntas tontas de “y si hubiera…”, “si tan solo…”, “¿por qué lo hice?”, "¿por qué no lo hice?” Ninguna pregunta que no te ayude en tu camino a avanzar vale la pena en ser formulada. Eso es, a lo que orgullosamente llamé, las dudas decimales. De esas no necesitas. Y así me curé, por ahora, de mi miedo al futuro y ansiedad.
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