La solución al racismo en el Perú
Las elecciones del 2026 han dejado un gran rastro de racismo, un gran camino de sangre producto de la gran guerra virtual de la izquierda y la derecha, el campesino y el aspiracionista manyado, el capitalismo y el comunismo. Siempre yendo a los extremos, siempre en polos opuestos, siempre egoístas. El único ganador de estas elecciones fue el racismo y la discriminación.
Para ser racista hay que tener amnesia histórica y olvidar de dónde venimos. Cuando digo de donde venimos no me refiero al imaginario colectivo usual de un campesino en los alpes junto a su ganado. En parte esa imagen, ese estereotipo es lo que divide aún más, imaginarlo como un ente aislado en su tierra, un extranjero compatriota con costumbres de otra civilización. A lo que realmente me refiero es simplemente retroceder una generación atrás, no mucho, retroceder hacia nuestras abuelas. La mayoría de la clase media obrera se considera “superada”, “de derecha”, “empresaria”, cuando aún tiene en su sangre, en sus genes a una abuela que emigró de la sierra, probablemente en los años 50's, buscando una oportunidad.
¿Cómo se nos puede olvidar que venimos de abuelas indígenas sometidas por gobiernos que los ignoraban y por sociedades machistas? Esa sangre ni siquiera está diluida por el tiempo, ni siquiera han pasado 80 años y muchas personas de la costa ya proclaman ser lo suficientemente civilizadas y superiores.
Vengo de dos abuelas analfabetas, maltratadas y robadas por sus esposos, sufriendo cada día por darles de comer a sus hijos, viviendo la vida de una madre soltera por más anillo que tuvieran en el dedo. Ambas migrantes de pequeños pueblos. Casos extremos como esos podemos verlos replicado en muchas de nuestras abuelas. Sin embargo, no sólo ellas lo pasaron fatal sino también el resto de las mujeres costeñas de esa época que vivían encarceladas en matrimonios arreglados, obligadas a maternar por obligación, aguantando a esposos celosos que (y es una historia real) no las dejaban tener un trabajo de venta de máquinas de coser porque no era su rol trabajar, sin poder conversar con otros hombres sino era solo para saludar, verificando que en el transporte público se siente exclusivamente una mujer a lado de ellas, controlando que solo podía remendar ropa de mujeres y no de hombres para asegurarse que sus manos no tocarán otro cuerpo que no fuese el de su esposo. Mujeres de familia, correctas y la “mujer ideal”, según hombres de la actualidad.
Todas nuestras abuelas son el vivo recuerdo de todo tipo de luchas, pero más que eso, son el recordatorio que no estamos tan lejos de nuestra tierra, de nuestros ancestros indígenas y de reconciliarnos con nuestra sangre. Repito la pregunta, ¿cómo se nos puede olvidar que venimos de abuelas indígenas sometidas por gobiernos que los ignoraban y por sociedades machistas?
Las redes sociales nos han hecho creer que somos más importantes de lo que realmente somos, que tenemos una opinión valiosa sobre historia, economía, política y belleza solo porque el algoritmo nos dio unas pequeñas cucharadas de conocimiento (incluso la mayoría de estos datos son inventados). Este falso adueñamiento de la verdad nos individualiza aún más, nos hace egoístas y tercos. Pero no es nada nuevo, las personas eruditas y pedantes ya existían antes. En el siglo XX te convertías en uno solo por ir a conferencias del recién descubierto psicoanálisis de Freud, hablar de política y arte. Un total insoportable. Pero la verdad es que hay algo mucho peor que un sabelotodo creído que si sabe todo, un pedante sabelotodo que NO sabe nada. Y esa es la verdadera epidemia de este siglo. Fingir que somos dueños de verdades que solo son opiniones a medio hacer y deformes, sesgadas por nuestros privilegios y avaricia de querer más. Más validación por nuestro color de piel, más reconocimiento por nuestro género, más aplausos por nuestro físico y más beneficios aunque ya tengas bastante.
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